El dejar palabras sin decir ayuda bastante, pero a la vez se transforma en una especie de despedida extendida. Debí tener el coraje de decir basta, dejar un rato de preocuparme en cómo se sentirá quien recibiera semejante mensaje, pero a veces cuesta ser como no se nos enseñó. ¿Qué hubiese pasado si de una vez por todas me volvía tajante y reconocía que no había más vuelta que darle al asunto? Sepa usted que si lo he hice, pero las circunstancias eran tales que cada vez que me lo proponía, surgía algo que no me permitía disfrazarme de villana, sacarme el corazón y afilar mi cuchillo con el fin de despedazarle el corazón a los humanos.
Para mi suerte, el dejar tiempo pasar anesteció en una forma u otra el daño que esto pudo provocar; me es menos complicado poner un punto final en "la historia sin fin".
Lo que me detenía era que, a pesar de cuántas cosas pudieron pasar, de cuantas veces tuve ganas de llorar por culpa de ambos, más allá de todo eso, estaban los buenos momentos que se transformaron en buenos recuerdos: una especie de gratitud a quien también fue mi amigo.
Ante eso, es más difícil fingir que me olvidaría por completo de alguien.
Ante eso, es más difícil fingir que me olvidaría por completo de alguien.
Moraleja; no te involucres con uno de tus mejores amigos, a sabiendas que las cosas no podrán resultar de la mejor forma (inténtelo o muera en ello).
Ante esto, asumo que fue un error del que no me arrepiento ni en lo más mínimo, pues si no hubiese arriesgado ese lazo, no me hubiese dado cuenta quizás de lo que era capaz de hacer por alguien, ni de lo fuerte que me volvía cuando amaba. Queda el cariño, queda una sonrisa, quedan esos buenos recuerdos: cosas que no aprendí con nadie más.
Ante esto no queda más que un "adiós y gracias".
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