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-Y ahora qué voy a hacer?
-No sé, los dos tenemos que ver.
Me arrepiento.
No me arrepiento.
Valiente.
Autodelatora.
Infantil.
Miedosa.
Culpable.
Me arrepiento.
No me arrepiento.
Fue inesperado y cuando lo dije,
ni siquiera terminaba de decirlo y
ya había abandonado mi boca.
Llegué a pensar que mi mentón
encajaba perfectamente en tu cuello,
y que todos quienes nos rodeaban
extrañados por nosotros,
eran testigos por obligación de un
momento maquiavélico, que habían
planeado previamente.
El día no lo anunciaba, ni señales
me dió, o tal vez no las descifré.
Era un día como cualquier otro:
hasta te esperé sentada al lado de
quienes con orgullo me burlaba.
No me convenzo de ese momento, no creí
que tu rostro fuera a sorprenderme más
que lo que acababa de lanzarte.
Fue como si la calma llegara hasta
lugares que me eran desconocidos,
como si no quisieras que mis palabras
se fueran; como si no quisieras
dejar de oírlas, llevártelas y
guardárlas para oírlas una
y mil veces más.
-Por qué no me dijiste antes?
-Tu tampoco me dijiste nada.
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