
Hay un desfase en mi vida. Hay un momento en que me perdí de mi misma. Un abismo que ni siquiera yo sabía que existía. Tiempo perdido, tiempo muerto, tiempo mal vivido. Tal vez en otro lugar donde no exista las razones pueda estar en paz. Por mientras me conformo con embriagar lo real, lo que hace daño por nuestra propia culpa. Me conformo con salir a caminar en medio de la oscuridad. Así, apenas se me ocurra cerrar los ojos, habrá una melodía nueva para mi, la que intentaré recordar una y otra vez: la querré guardar en mi mano, la querré romper, escribirla en las paredes y no oírla jamás.
¿En qué momento perdí el rumbo? Todo parecía tan cierto, tan real, tan fácil. Monótono, tonto, fome. Me da algo aquí adentro, imaginarme que hay gente, pronta a su fin piense aun así. Estoy a tiempo. Es hora. Now!
Ahora corro a alcanzar de lo que me perdí antes, por quedarme mirando cómo el cielo se oscurecía.
Con los mismos sueños de ayer en un distinto amanecer: un sol nuevo para cada día del año. Una nueva luna para cada noche. Una emoción para cada día de la semana, sin repetirla ni alterarla, ese es el juego. Gana el que sabe cómo sonreír al final del día, mas allá si lloró antes de despertar. Jugar a creer que somos lo que llevamos como máscara en nuestro rostro. Esforzarse por oír los anhelos ocultos de un sordomudo. Así quiero comenzar a ver el mundo, limpio y áspero, carente de adornos, sin matices que difuminen la rosa cromática que llevamos intacta en nuestra cabeza incluso antes de nuestra concepción.
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